Una de las historias de amor que más me agrada contar es la del literato y filósofo danés Sören Kierkegaard. Estuvo enamorado de una tal Regina Olsen, adolescente que al momento de conocer al filósofo estaba comprometida con otro y aún así correspondió a las demandas amorosas del caprichudo Sören para nuevamente encontrarse en promesa de futura esposa. No era de esperarse que Kierkegaard rompiera el compromiso, sin embargo lo hizo, dejando a la pobre Regina intrigada por la causa de tan impertinente decisión. El filósofo se iba de sus brazos sin explicarle el porqué tomaba tan radical alternativa. Regina tiempo después, se casaría con otro. Lo curioso del caso de Sören es que escribió un par de libros dedicados a justificar sus acciones. O será a la inversa, sus acciones justifican su obra.
Uno de los textos en los que uno podrá darse cuenta que el danés aplicó la común megalomanía de escribir desde la experiencia personal es Diario de un Seductor, novela escrita en un estilo desordenado, epistolar y confesional, mezclando tanto las cartas de los protagonistas, como los maquiavélicos pensamientos del seductor Johannes. La trama no es tan simple como parece, no podemos reducirla solamente a ser la historia retorcida de cómo Johannes se obsesiona con Cordelia, una jovencita que rompe con su prometido para aspirar a la pasión ni siquiera certera del nuevo pretendiente. Una vez más se lee la proyección de la vida de Kierkegaard sobre la obra. Esa Cordelia era casi la misma Regina Olsen de la cual el filósofo estuvo toda su vida enamorado. Sin embargo eso no es lo más importante que se puede señalar del libro. Veamos Diario de un Seductor desde un sentido más profundo.
El Johannes de Sören es un seductor implacable, pero no es el típico Don Juan en busca de sexo premeditado, sino un conquistador que se sale de los parámetros convencionales, un hombre que solamente aspira a vivir dentro de un estadio estético-religioso, desde una perspectiva artesanal, donde se adorne la existencia con una visión completamente intelectual. Lo que hace Johannes es idealizar a su Cordelia hasta el punto de convertirla en su musa. Idealización que lo arrojará a escribir poesía, a vivir en la poesía y ornamentar sus escuetos días. Nuevamente nos viene a la mente la imagen de la Regina Olsen, misma que sería el motor de gran parte del pensamiento filosófico y literario de Kierkegaard.
Regresando a la novela, el seductor que Sören propondrá como ejemplar, es aquél que “por medio de sus finísimas facultades intelectuales, [sepa] inducir a una muchacha a la tentación, ligarla a su persona incluso sin tomarla, sin desear siquiera poseerla; en el más estricto sentido de la palabra.” Un amor muy puro, completamente platónico, es el que el filósofo danés defenderá en sus líneas.
Sin embargo, siempre habrá una amargura en este tipo de aspiración casi divina del amor: la enamorada. En este caso Cordelia se sentirá insatisfecha al no ver consumada su pasión en un contrato, y esto se entiende perfectamente en el contexto conservador del ochocientos donde se consideraba una falta imperdonable que el amante no se comprometiera formalmente con la novia. Eso mismo pasa con el Johannes de la novela que ambiciona sólo el amor desde una visión asceta y espiritual, esto es lo que Kierkegaard reconocerá como el estadio religioso. Engañando a la ética, que está representada por el matrimonio, el seductor, antes de verse involucrado en la consumación fáctica del deseo, o sea, en la posesión de Cordelia y en un compromiso inquebrantable, decide cortar abruptamente la relación: “ahora, ya ha pasado todo; no deseo volverla a ver nunca más”. Al igual que en vida Kierkegaard toma distancia del compromiso que tuvo alguna vez con su Regina. Eso no quiere decir, que tanto el Johannes como el literato danés dejarán de amar a sus musas, sólo omitieron el deseo pero dejaron vivo el amor. Pero ¿a qué viene todo esto?
Sören ha confeccionado una teoría propia del amor, pero más que ésta, construyó una teoría literaria que explica cómo ha ser la buena poesía y cómo ha vivir el poeta, todo ello en relación con el amor platónico. Lo anterior lo hemos de encontrar en el ya comentado Diario de un Seductor y en un breve ensayo que lleva por nombre El amor y la religión. En este último Kierkegaard establecerá que la poesía “es la plegaria que ha sido hecha precisamente para el sufrimiento”, y que deberá, en el más estricto de los casos, derivar de un amor desgraciado. Para que exista poeta es necesario que éste tenga una experiencia wertheriana, una relación que trascienda hacia el ámbito de la tragedia y la frustración para convertirse en pasión y posteriormente en poesía.
“Sin pasión no hay poesía ni poeta”. La pasión solo puede seguir latente con un amor no concedido. Para que florezca la poesía el poeta debe de tener una contradicción dialéctica en su vida: “si la pasión pertenece al amor, el amor tiene que ser no-dialectico en sí mismo, para que la poesía pueda ver en ese hombre un amante desdichado”. Será así como la situación no-dialéctica de la realidad se convierta en dialéctica en el poema: la frustración de la vida misma se transformará en resolución lirica.
De modo que la melancolía será la enfermedad que habite la vida del poeta, ésta podría seguir estando presente convirtiéndose en la inspiración enfermiza de toda su obra, hasta que quizás no la soporte más y decida ser curado cuanto antes con una vida ética, o sea casándose. Pero si llega a optar por la vida en matrimonio, entonces todo estará resuelto y al no existir conflicto alguno entonces tampoco habrá necesidad de escribir: “cuando el amor una vez planteado, no tiene su obstáculo fuera de sí, como en la poesía, sino que lo encuentra en sí mismo (…) surge una tarea que todo poeta debe rechazar”.
Julieta Lomelí Balver
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